La eliminación de Salomé

Sin más detalles que los necesarios, le indicaron que el testimonio debía ser claro y conciso. No había tiempo para perder, el testigo debía volver a su casa y ellos tenían que trabajar. El fiscal le agradecería su colaboración para evitar una noche innecesariamente larga. Le prometieron ir a desayunar todos juntos para compensar el sacrificio de actuar un domingo por la madrugada. Si salía todo en orden, al amanecer ya iba a estar todo resuelto.

El testigo era un joven flaco, alto, escuálido, pálido y de pelo azabache. Su identidad lo nombraba Matías Sánchez, veinte años, soltero, domiciliado en Ramos Mejía, no muy lejos. Estaba nervioso y sobresaltado, se atropellaba con sus propias palabras y repetía, una y otra vez, que era inocente y que no había visto nada. Como era necesario calmarlo, se le recordó que su testimonio era necesario para la reconstrucción de los hechos, no para incriminarlo a él. Había, como mínimo, cinco o seis testigos en el lugar que se encontraban en mejores condiciones para brindar un testimonio, pero el fiscal dijo que quería el testimonio de Sánchez. No se preguntó por qué, estaba de mal humor y prefería sacarse esto de encima lo antes posible.

Tras la lectura de sus derechos y su consentimiento oral, el fiscal auxiliar Juan Sebastián Spada dio inicio al interrogatorio. Ya había pasado la medianoche, así que era 30 de agosto. Sánchez juró por su madre que le hubiera encantado salvar a la víctima, pero que, sinceramente, la verdad, no había visto nada ni tampoco podría haber adivinado que se iba a morir. Spada lo detuvo en su espiral. Reconoció a la víctima y la nombró por su nombre artístico, pues desconocía su identidad real. Vanesa había nacido Marianela Noboa un 9 de abril de 2001 en Florencio Varela, provincia de Buenos Aires. Tenía estudios secundarios completos, pero no había ido a la universidad. Hacía dos años que se dedicaba a esto. Sánchez la conoció personalmente esa noche, pero consumía su contenido hacía un mes. A él y a su amigo les hacía gracia, contaba anécdotas divertidas, les llamaba la atención. Spada le pidió a Sánchez que relatara los hechos en orden cronológico.

Matías Sánchez y Máximo Luchetti habían decidido participar del sorteo en julio (no se acordaba el día exacto) y lo ganaron. Lo hacían por curiosidad, la propuesta era única y ridícula. Vanesa invitaba a doce hombres a pasar una noche con ella en un albergue transitorio, con cena, tragos y un show incluido. No era fácil participar, había que llenar un examen con preguntas sobre su vida, como su color favorito o su talle de corpiño. Los dos amigos lo ganaron, pero mantuvieron la fecha y la ubicación secretas hasta la semana pasada. No se podía compartir la ubicación con nadie, por asuntos de seguridad. La invitación también aclaraba que nadie podría tocarla ni contratarla. El show era un striptease, los invitados debían conformarse con eso. Sánchez y Luchetti ignoraban que la dirección era un albergue transitorio hasta el momento en el que se apersonaron en el lugar. No recuerda la hora exacta, pero asume que llegaron alrededor de las 21:00 horas, puesto que la invitación indicaba ese horario de ingreso. Se le pide describir una secuencia lineal de eventos, ante los cuales Sánchez enumera, primero, un registro de ingreso, un brindis de bienvenida, una presentación entre los invitados, una presentación de la víctima, un espacio abierto de socialización general, un show, el momento en el que se descubre el hecho, la aparición del encargado, de las fuerzas de seguridad y del cuerpo forense, su interrogatorio informal con un oficial de la policía, y este testimonio. Aclara que Luchetti se encontró a su lado en todo momento, por lo que puede atestiguar los mismos hechos en el mismo orden. Pudo identificar que el momento del show sucedió alrededor de las 23:30 horas, puesto que había visto su celular. Ese fue el último momento en el que la víctima fue vista con vida. 

Al consultarle los hechos a partir del último momento en el que vio a Marianela Noboa con vida, el testigo explicó dirigirse al bar en compañía de Luchetti para ordenar un trago. Los acompañó otro sujeto, masculino, que se presentó como Luciano y mencionó ser de la provincia de Mendoza. Charlaron en la barra mientras esperaban sus tragos y minutos después apareció otro sujeto, Horacio, quien les comunicó lo acontecido. Todos se dirigieron a la habitación donde se hallaba el cuerpo. No era la habitación de la víctima. Sánchez se siente en condiciones de afirmar que todos los allí presentes estuvieron en algún momento en la habitación y presenciaron la situación a partir de ese momento, incluso al menos por breves minutos. Reconoció el cadáver inmediatamente, no cabían dudas. Estaba vestida, prolija, sin signos de violencia. Alguien había llamado al encargado y otra persona, a la policía. La conducta de los presentes era caótica e histérica, según el juicio de Sánchez. En los minutos siguientes, se creó un ambiente de confusas conjeturas y secretas acusaciones. Todos tenían una teoría, sospechas y móviles. Se empezó a correr el rumor de que había sido el mismo Horacio, que la había había querido violar y, al resistirse, la terminó estrangulando. Esto, insiste Sánchez, era imposible porque Noboa no presentaba signos de violencia. Ni siquiera estaba despeinada. Los rumores terminaron cuando el forense anunció el accidente cardiovascular. Eso tenía mucho más sentido. Sí, el resto de los invitados eran gente extraña, pero Sánchez no creía que la habían asesinado. Nadie había escuchado gritos ni forcejeos. A su parecer, nadie tenía apariencia sospechosa.

Sí, Sánchez podía reconocerlos a todos, pero nombrar solo a algunos. Luciano, mencionado con anterioridad, era un joven alto, de contextura mediana, casi cuarenta años de edad; Carlos, un señor mayor, de cuerpo ancho y prominente barriga, vestido con camisa y pantalones de vestir; Nicolás y Matías, dos jóvenes de treinta años, Sánchez explica que son homosexuales pero no son pareja; Horacio Benedetto, de él sabe nombre completo porque él se presentó así, un hombre histérico que acosó a la víctima repetidas veces durante la noche, fue el primer sospechoso que el resto acusó en su momento; otro sujeto homosexual que, Sánchez comparte, intentaba tener un acercamiento dificultoso con la pareja previamente mencionada; recuerda a dos pelados, uno de ellos con rasgos colombianos o venezolanos; y tres hombres más de mediana edad, altura promedio. Con él y Luchetti, contaban trece invitados. Luego Sánchez mencionó a la mujer que servía los tragos en el bar, el encargado del lugar, la asistente de la víctima y a su guardaespaldas. 

Los jóvenes habían compartido una charla con la víctima. La misma ocurrió minutos antes del show, cuando la víctima recorrió el lugar interactuando con sus invitados. Les preguntó sus nombres, cómo la estaban pasando y si necesitaban alguna cosa. Nadie notó nada fuera de lo normal en su conducta, ni en su manera de hablar, ni en la mirada de sus ojos. Sánchez se siente en condiciones de afirmar que la víctima estaba sobria, cosa que se podía confirmar en la excelente performance que brindó en el show de striptease. Había transmitido la primera mitad en vivo para sus seguidores de redes sociales, pero el final había sido privado para ellos solos.

Sánchez explicó que, como cortesía de los anfitriones, los invitados podían rentar un cuarto para pernoctar por la mitad del precio. Se habían enterado que algunos invitados habían reservado habitaciones, era lógico si venían de otras ciudades. Ellos no tomaron esa decisión, y desconocían a ciencia cierta quién sí lo había hecho. Horacio Benedetto tenía un cuarto reservado, y usualmente se lo podía oír presumiendo que Noboa pasaría la noche con él. Pero a la víctima no la encontraron en su habitación y él había sido visto en compañía de los otros invitados de manera ininterrumpida al momento del hecho. Sánchez sostiene que la víctima no pudo haber sido asesinada y está convencido de que, tal como afirmó el forense, la muerte fue consecuencia de un accidente cardiovascular.

El fiscal Spada consultó sobre el contexto público de Noboa, si ella había alertado sobre algún posible seguidor problemático en sus apariciones públicas, o si podrían haber habido hechos que hayan llamado la atención en su contenido. Sánchez insiste en que no, pues su contenido es superficial, físico, erótico y vulgar. Por eso la consumían con Luchetti, no para escucharla hablar. “Es una chica de compañía, un gato, ¿en qué podía estar metida?” sentenció Sánchez.

El fiscal Spada preguntó si había algo que no le había preguntado y que considerara importante. Ante la negativa del testigo, ratificó su declaración y dio por terminado el testimonio oral. El fiscal pidió escuchar la desgrabación, consideró que el testimonio era suficiente y concluyente. No había motivos para que no lo fuera, el muchacho no había visto nada y decía la verdad. Marianela Noboa había fallecido por causas naturales, todos los testigos confirmaron lo dicho por el forense, quien ratificó su informe. Podía resolver e informar a las personas pertinentes. El fiscal le indicó que solicitaran un allanamiento y ordenaran retener los dispositivos electrónicos de Noboa, seguro tendrían que entregarlos a la Secretaría de Inteligencia. La eliminación se había realizado de manera limpia y prolija. 

La prensa haría lo suyo. No cabían dudas que la teoría del homicidio aparecería, tarde o temprano, pero había formas de controlar la narrativa oficial. Solo si alguien lograba insistir lo suficiente con probar un envenenamiento, podían garantizar la adulteración de cualquier autopsia. Podían disuadir a los entrometidos, era una situación contenible. Esa tarde iban a poder dormir la siesta. Al subirse al auto, vio los primeros rayos del sol asomarse por el horizonte.

Narrativa