Podía esperar todo el día, no tenía otra cosa más importante que hacer. Elsa estaba preparada hace días, pero sabía que tenía que actuar hoy, en minutos. Esta mañana no habían salido a la hora que solían hacerlo. Minutos atrás, había visto por las cámaras de seguridad cómo salía él con una persona desconocida. Él abrió, estaba todo registrado. Era un martes a las nueve de la mañana, ¿qué hacían vestidos de traje? Era raro, por eso sabía que tenía que actuar hoy. Ya eran suficientes sucesos extraños. Hace dos semanas, habría pensado que se había vuelto loca. Le costaba convencerse de que no lo estaba, más cuando llevaba ya días vigilando las cámaras de seguridad del edificio. Le había pedido por favor a su hijo que le explicara cómo poder verlas, lo necesitaba. Ya sabía que Matías no lo iba a entender, que se iba a burlar de ella. Elsa acompañó la broma, “soy una vieja maníaca”, le dijo. Pero ella sabía que no lo era, estaba segura. Lo que pasa es que él no vivió las mismas cosas que ella, no sabe lo que es tener que cuidarse. Ella era una pobre viuda, estaba sola. Y esto lo hacía por él, también. Por su bien, para cuidarle. Si aunque fuera él la visitara más seguido, ella podría preocuparse menos. Pero no, Matías ya había hecho su vida y tenía sus propios asuntos para resolver. También se burló aquella vez que le pidió que le explicara cómo usar el traductor de su celular. Desagradecido, como si ella misma no le hubiera enseñado a leer y escribir. Las clases de inglés se las pagó ella, con su padre lo llevaban todas las semanas. Y él, de muy mala gana, apenas quiso explicarle cómo usar el traductor. No terminó de entender. Por lo menos, sí entendía cómo las cámaras funcionaban. Eso servía. Se sobresaltó cuando entró el encargado (tarde) a las nueve y diez. Falsa alarma.
Intentó recordar la primera vez que los vio y no lo logró. Sí se acordaba de que lo primero que le llamó la atención en su momento fue que, si bien no les importaba acaparar la piscina ni el resto de los espacios comunes, escapaban de la socialización con el resto de los vecinos. Nunca iban solos, siempre iban de a dos o a tres. El grupo entero eran cinco, Elsa los tenía contados. Eran el matrimonio, la hija, otra mujer, hermana y cuñada, dudosamente prima, y la señora, madre, suegra y abuela. Estaban por todo el edificio, era imposible no cruzárselos. Pero más allá de los buenos días, no se podía sostener una conversación con ellos. Fingían, eso creía, una conversación entre ellos en su idioma para evitar al resto. Seguro criticaban, imaginarían que nadie en el edificio los entendía. Está bien, ella también los criticaba. Era mutuo. Si ellos hablaban castellano, ella lo ignoraba. Una vez intentó con el inglés (ella no lo hablaba) y tuvo un poco más de éxito. Se presentaron, “I’m Elsa, I’m Vasily, she’s Maria, third floor, yes, thank you, yes”. Y eso fue todo. Ni siquiera tenían la dignidad de aprender español, ya habían pasado meses que estaban acá.
Tenían que haber llegado en enero. Ciertamente, sí, los vio por primera vez dos semanas después de Año Nuevo, en la pileta. Al matrimonio, su hija y la otra mujer. La señora empezó a hacerse presente de manera regular en mayo. No recordaba haberla visto antes y tampoco la veía ya hace días. La mujer estaba embarazada desde abril, como mínimo. Elsa se preguntaba regularmente cómo cabían todos en ese departamento tan pequeño. Y claro, no entraban. Eso explicaba por qué andaban siempre en los espacios comunes, no tenían lugar.
Y no saludaban, no hablaban con nadie. Entendía que otras culturas eran más cerradas, y ella, con la soledad, se había vuelto más demandante. Intentaba conversar hasta con el encargado del edificio, Ramón. Un muchacho muy atento, pero no sabía limpiar bien los vidrios ni los espejos. Una vez se lo indicó de manera amable, pero no lo tomó con mucho agrado. Suponía que por eso él no era muy simpático con ella. Con el resto de los vecinos del edificio no tenía problemas. Todos mantenían cordialidad con Elsa, sobre todo el muchacho del primer piso, pero esta gente era otra cosa. No se lo tomaba personal, sabía por los vecinos que ellos no hablaban con nadie. No era eso lo que le molestaba, Elsa era muy tolerante. Que hablaran otro idioma no la descolocaba, esto era Buenos Aires. ¡Pero hay tantos en un monoambiente! ¡Todos juntos! ¡Qué incómodo! Imaginaba el olor a pañal sucio mezclado con comida recalentada, desodorante y humedad. Si fueran un poco más amables, ella incluso podría cocinarles algo cada tanto, ayudarles con el aseo. No estaba segura de querer tomar la responsabilidad de cuidar a la niña, pero esa era una habilidad que no había perdido, podría haberla realizado sin problemas en caso de ser necesario.
Hacía tiempo que habían perdido la oportunidad de conocer a esa Elsa. Desde que pasó lo de la otra semana, se preocupó. Eran gente peligrosa, se dio cuenta. Por eso vigilaba. Sabía que no estaba loca, solo alguien perverso era capaz de hacer lo que habían hecho. Eso había sido más grave que lo de la basura, que ella estaba segura de que habían sido ellos también. Por eso estaba ahí, con los dos ojos clavados en la pantalla, con la espalda arqueada y la boca seca de tanto esperar. No quería tomar mate, la ponía más ansiosa. Desde el fallecimiento de Guillermo, estaba más nerviosa. Toda esta situación no ayudaba.
Luego de la muerte de su esposo, la casa de Villa Ballester quedó grande. Matías vivía con su novia hacía tiempo ya, no había razones para seguir allí. Cuando Elsa se mudó al edificio, de eso unos tres años ya, no había nadie. Eran ella, los chicos del séptimo, Ramón y un gato gris oscuro que se refugiaba a diario en el jardín. Elsa le tomó cariño y comenzó a dejarle comida y agua. Nunca lo hizo entrar al edificio (el gato tampoco lo intentó), pero era considerada la mascota del mismo porque siempre estaba allí. Elsa sabía que otros vecinos también lo alimentaban. El año pasado, propuso vacunarlo y castrarlo, y dividir el gasto entre los vecinos que quisieran. Fueron varios, eso la puso contenta. La nena del quinto lo bautizó como Sombra. Elsa pensaba que era un gato educado, más amistoso que otros gatos que había conocido. Cuando ella iba al jardín a leer, siempre se quedaba junto a ella. A una distancia prudente, pero siempre a su lado, como si quisiera protegerla. No lo vio repetir esta conducta con ningún otro de los vecinos. De hecho, cuando los rusos llegaban, Sombra se encorvaba y erizaba su pelaje o huía directamente de ellos. Él era sabio, veía algo que solo los animales podían ver.
Una noche, muchas horas después de que Ramón terminara su trabajo, el jardín de ingreso al edificio apareció con basura desperdigada por todo el lugar. Pensó que alguien habría dejado las bolsas fuera del contenedor y un perro callejero las habría roto, buscando comida. Para ahorrar un malestar, Elsa misma juntó la basura y la desechó. Pocas noches después, volvió a acontecer la misma situación. Al principio, el hecho no sobresaltó al consorcio, pero solicitaron prestar más atención a la hora de sacar la basura y respetar los horarios de recolección. Dos semanas después, se comunicó que quien no asegurara la adecuada remoción de sus residuos, por negligencia o acción imperativa, debería pagar una multa. El incidente se repitió una semana después. Elsa no quiso meterse más, ya había dejado de barrer la basura. Tenía miedo que pensaran que ella era la culpable, que se quedaba barriendo después para absolver sus culpas. El del primero culpó a los rusos, que no sabían sacar la basura en los horarios establecidos. Los rusos culparon al gato, pero eso era imposible. En los tres años que llevaba viviendo allí, Sombra jamás había hecho algo así. Además estaba bien alimentado, no necesitaba revolver la basura. Cuando volvió a pasar, había una voz mayoritaria que quería multar a los rusos. Pero, por falta de pruebas, fueron indultados. Elsa se preguntaba cómo ellos, que siempre estaban revoloteando por todos lados, justo nunca habían visto nada que ayudara a resolver el misterio.
La noche que mataron a Sombra, Elsa había salido a sacar la basura más temprano de lo habitual. Sabía que no era el horario correcto, pero había cocinado con ingredientes fuertes y no quería que su departamento juntara olores. Afuera, se encontró con el ruso. Él no la vio, iba unos diez pasos delante de ella. Elsa tampoco se preocupó.. Solo a la mañana siguiente pudo asustarse, cuando Sombra apareció muerto, estrangulado, en las cocheras. Ramón lo enterró, aseguró que lo habría pisado algún auto al salir. Pero Elsa vio con sus propios ojos que Sombra no estaba aplastado, como un gato atropellado, si no estrangulado. Lo habían matado, no tenía dudas. Por pura maldad, porque el gato era bueno con todos. Excepto con los rusos, claro. Nunca más volvió a aparecer la basura en el jardín, pero Elsa tampoco volvió a estar tranquila. Ató los cabos poco tiempo después, por sí sola. Un día, le resultó una obviedad tan evidente como su nombre. Fue cuando recordó el caso de la pareja que había sido detenida en Eslovenia, que usaban pasaportes argentinos legítimos para infiltrarse en cualquier lugar. Esos habían vivido en Belgrano, a unas cuadras nada más. Tuvieron dos hijos en Argentina y, gracias a eso, pudieron conseguir pasaportes. Tener un hijo en Argentina agiliza la obtención de la residencia permanente, y esto lo hacía un destino atractivo para personas de países con conflictos activos. Estos eran espías. O andaban en alguna de esas. Conforme pasaban los días, más se convencía de que tenía razón. La semana pasada había intentado reunir información sobre ellos. Lo único que logró fue saber que el hombre era director creativo en una start up y que la mujer se dedicaba al comercio y colección de arte sacro. Esos trabajos eran tan fantásticos que no cabían dudas de que eran inventados.
Se iban a burlar de ella si hacía una denuncia. Se lo había dicho Matías y ella sabía que tenía razón. Desvaríos de vieja loca, nadie iba a creerle. Pero ella no estaba loca. Era vieja, pero loca no. Y si no actuaba al respecto, quién sabía qué le podía pasar a ella. Una pobre vieja, sola. Si molestaba, era fácil de hacer desaparecer. Como un gato. Pobre Matías, ¿qué podrían hacer con él? Ella ya había vivido suficiente, pero él tenía toda su vida por delante. Su único hijo.
Se dijo que lo mejor era anticiparse y conseguir algo con qué defenderse. Claro, si querían envenenarla o tirarla de una ventana, iba a ser muy fácil. Pero si juntaba suficiente evidencia, podía chantajearlos. Tenía que engancharlos con las manos en la masa, grabarlos. Si llegaba el caso, podía amenazarlos con publicarlo en las redes. Si algo le pasaba, podía instruir a Matías para que hiciera pública la evidencia. Pero no tenía nada, y con juntar algunas grabaciones de la cámara de seguridad no alcanzaba. Cada vez que quería desviar su atención de la pantalla, recordaba esto. Estaba preparada, tenía puestas sus mejores zapatillas y el celular con la batería cargada.
A las diez, volvieron con dos personas más, los cuatro vestidos de negro. Llamaron al ascensor y Elsa salió. Esperó prudentemente a que ellos pudieran descender en su piso, primero, antes de que ella lo llamara. Sintió que los segundos pasaban como minutos hasta que, por fin, llegó al tercer piso. No hizo falta que tocara timbre, la puerta estaba entornada. Su corazón se aceleró y sus manos comenzaron a temblar. Le costó apretar el botón de grabar, pero lo logró. No es el momento de asustarse, pensó. Juntó todo el coraje de su espíritu y, sosteniendo su celular con una mano y abriendo la puerta de par en par con la otra, entró como un torrente en el departamento atestado de personas con rostros extraños, maletas abiertas, papeles desperdigados y un fuerte olor a café.
—¡Acá están los espías! —exclamó Elsa, exponiendo su celular y grabando la escena— Todos estos están acá para aprovecharse de nosotros, pero acá están. ¡Los descubrieron, muchachos! ¡Saludos a Putin!
La adrenalina drogó y extasió a Elsa. Su eufórica y triunfal entrada había llamado la atención de todos los presentes, menos de una persona. La señora yacía sin vida en la cama matrimonial, con los brazos cruzados y una gran cruz de plata entre ellos y su pecho. La primera en juzgar la irrupción de Elsa fue la penetrante mirada de la Virgen María Theotokos, cuyo ícono se ubicaba junto al cuerpo de la difunta. La letanía de Maria no fue interrumpida en ningún momento, pues no levantó la vista ni dejó de repetir “Gospodi pomíluj” en voz baja y temblorosa. Vasily exclamó en ruso, otro hombre lo siguió. “What are you doing? Out! Out! Poshol von! Provalivay! Out!” pero Elsa estaba confundida. Se preguntó si la muerta estaba muerta de verdad, si no era todo una puesta en escena. El hombre más cercano a ella abrió los brazos y la invitó a retirarse. Aturdida, Elsa salió al pasillo y le dieron un portazo en la cara.
Tomó aire y llamó al ascensor. Cuando se vio en el espejo, se sintió humillada. Vio una anciana maniática, con la cabeza arruinada por la soledad y la nostalgia. Le había traicionado la intuición, después de tantos años de aprendizaje y afilamiento. Vio el lado positivo, ninguno hablaba castellano, nadie habría entendido lo que dijo y tomarían el asunto por el desvarío de una vieja loca. No le pareció un lado muy positivo. Borró el video. Se sintió descolocada, pero era completamente lógico lo que había pensado. Ella sabía lo que había visto, cualquier otra persona hubiera hecho lo mismo que hizo ella. De eso también estaba segura, cualquier persona razonable la entendería. Se despreocupó, pero ¿qué le diría a Matías cuando le pidiera una explicación? Porque los rusos le contarían al resto de los vecinos, sería cuestión de tiempo hasta que su hijo se enterara. La internaría, sabía que tenía los días contados. Pero bueno, en un geriátrico quizás ella estaría segura. Y Matías también, sobre todo. No le pasaría nada a él, eso era lo más importante. Bueno, si eso pasaba, estaba bien. Mientras Matías esté bien, ninguna otra cosa le importaba.
